Ciencia que cuesta de creer

La ciencia es lógica. Cuando estudiamos física por primera vez y nos explican la fuerza gravitatoria, nos hablan de Newton, de cómo se le cayó una manzana en la cabeza y cómo eso le hizo pensar que  todos los objetos son atraídos hacia la tierra, pensamos: claro, qué lógico.
Hay veces que la ciencia es tan lógica que nos da hasta rabia no haber sido nosotros quien lo descubriera. Es el caso del bueno de Thomas Henry Huxley, un biólogo nacido en 1825 que cuando leyó El origen de las especies de Charles Darwin exclamó “¡Qué estúpido fui por no haberlo pensado!”.
Y es que hay veces que la ciencia es tan lógica que indigna. Pero ya veis que digo “hay veces”.  Porque hay otras veces que no y hoy vamos a hablar de eso: de partes de la ciencia que cuestan de creer.
Huxley se indignó consigo mismo por no haber sido él quien dedujera la teoría de la evolución
Esta calificación me la he inventado yo, no lo vayáis a tomar al pie de la letra. Sí es cierto que siempre hemos oído eso de “las Ciencias Exactas” como sinónimo de la física o las matemáticas. Y es lógico que lo asumiéramos como tal, pues si en un examen de matemáticas no poníamos el resultado exacto, suspendíamos. Pero resulta que eso ya tampoco se estila, porque ninguna ciencia reivindica la condición de plena exactitud. Esto viene desde Karl Popper y Thomas Kuhn, dos filósofos de la ciencia que aportaron la idea de que exactitud equivalía a inmutable y que eso, en ciencia, no se podía asegurar. (A partir de ahí surgió toda la física cuántica que quebrantó las leyes más inquebrantables, el gato de Schrödinger, si conoces posición no conoces nada de su velocidad y si conoces velocidad, ignoras su posición y un sinfín de teorías más que podrían ocupar un armario entero de ciencia que cuesta de creer).
Pero en cualquier caso yo hoy no quiero hablar de filosofía, tampoco de física cuántica (básicamente porque todavía me cuesta) ni de si es verdad o no que 2+2 son 4 (que por cierto, se ve que depende). Voy a hablar de partes de la ciencia que nos cuestan de creer porque se escapan de lo que nos habían explicado; aquellas teorías que a priori no nos parecen lógicas porque se salen del camino que seguíamos. Son partes de la ciencia que nos cambian de dirección, nos abren la mente a nuevas posibilidades y eso, lectores, es maravilloso. 
Cuidado porque esto es muy personal: es posible que a usted, apreciado lector, lo que explique a continuación no le rompa ningún dogma. Si es así, mi enhorabuena. 
 “Si todos caminamos en la misma dirección, ¿cómo sabremos que no hay otra?” El Roto (El País). Esta frase, en mi opinión, fomenta el espíritu de la ciencia y el científico.
Por lo pronto yo os voy a hablar de dos casos que son con los que me ha tocado lidiar. Pero hay muchísimos más (comenzando por el extensísimo e incomprensible – para mí – mundo de la física cuántica). Pero hoy hablaremos de biología y de probabilidad.
Lynn Margulis y el neodarwinismo
Yo, como Huxley, cuando me explicaron El origen de las especies me pareció logiquísimo. Claro. Todos los organismos han ido evolucionando a partir de uno común añadiendo mejoras genéticas gracias al proceso de selección natural. De hecho, los que me conocen saben que soy muy fan de la selección natural por aquello de que es un sistema que asegura que los que se quedan son los mejores o, por lo menos, los más adaptados. Y todos hemos sido alguna vez víctimas del enchufismo y nos hemos dado cuenta de lo anti-selección natural que es eso. Pero no me quiero desviar.
Uno de los manuscritos de Darwin que guarda la Biblioteca de la Universidad de Cambridge. Darwin anotaba en sus márgenes muchísima información extra que investigadores de la universidad han digitalizado.

Yo estaba muy contenta con la teoría de Darwin. Y de repente me contaron lo de Lynn Margulis. Lo de la endosimbiosis seriada y la simbiogénesis como fuente de evolución. Y me pareció una de esas teorías que había que meter en la caja de “partes de la ciencia que cuestan de creer” porque rompía con la teoría de la evolución progresiva, del poco a poco. Resulta que ahora podía haber evoluciones repentinas, de golpe.
Lynn Margulis, reconocidísima bióloga, elaboró la Teoría de la Endosimibiosis Seriada (SET) en la que dice que el origen de las células eucariotas [con núcleo] procede de sucesivas incorporaciones simbióticas de distintas
células procariotas [sin núcleo] (esto se conoce como
simbiogénesis, es decir, que una simbiosis termina con la transferencia del material genético de un organismo al otro). Esto significa que lo que hizo que no fuéramos aún hoy en día bacterias fue que las células procariotas se fueron tragando entre ellas (perdonad la burda expresión, pero creo que es bastante gráfica). Después ya vinieron las adaptaciones, las selecciones naturales, las evoluciones hasta llegar a los cinco reinos que conocemos ahora: Animalia, Plantae, Fungi, Protista y Monera (estos últimos son los procariotas que no se tragaron entre sí).

Lo novedoso del asunto es que Margulis propone que hubo un salto inmenso que nos hizo pasar de un mundo lleno de células procariotas a un mundo con células eucariotas. Es decir, que la evolución, a diferencia de lo que decía Darwin, no siempre es progresiva, no siempre va de poquito a poquito añadiendo ventajas que les permiten sobrevivir por selección natural sino que, de repente, hay un cambio inmenso. En palabras de Javier Sampedro,  

“El modelo de Margulis sobre el origen de la célula eucariota no es gradual, pero no le hace ninguna falta para ser factible. Implica un suceso brusco y altamente creativo, pero también enteramente materialista, ciego y mecánico”. Del libro Deconstruyendo a Darwin.

Este fue mi primer peldaño en la ciencia que cuesta de creer. Ni que decir cabe que ahora me parece una teoría plenamente lógica y admiro a Margulis (por su teoría y por haber podido estar tan cerca de Carl Sagan. A saber qué se hablaría en aquellas cenas familiares).
Las probabilidades condicionales y el  problema de Monty Hall
La probabilidad, así en general, es bastante deductiva. Si tiramos un dado, ¿qué probabilidad hay de sacar un 6? 
Pues 1/6, lo que equivale a un 0,16666… es decir, un 16% aproximadamente.
Este cálculo, evidentemente, procede de una fórmula, aunque muchas veces la probabilidad de que suceda un hecho nos surge del fondo de la mente, de la lógica intrínseca que habita en nuestros sesos y creemos que no hace falta calcular:
Probabilidad (A) = Número de casos favorables a A / Número de casos posibles
Pero cuando aparecen las probabilidades condicionadas todo cambia y la solución ya no es la que creemos. Se pierde la lógica inicial. Para demostrarlo os voy a explicar un caso muy famoso conocido como el problema de “Monty Hall”.
El caso es el siguiente:
Te encuentras en el típico concurso de televisión en el que te hacen escoger entre tres puertas. Una de ellas esconde un coche y las otras dos, dos cabritas. El presentador te hace escoger una puerta.

 Monty Hall es el nombre del presentador del concurso en los EEUU 
Una vez has escogido tu puerta, el presentador abre una de las otras dos puertas que contiene una cabra, y te muestra cómo ahí no está el coche. (Esto siempre puede hacerlo, porque en el peor de los casos siempre habrá al menos una puerta con cabras tras ella).
Ahora quedan dos puertas cerradas, la que escogiste tú al principio y la que el presentador no ha abierto.
 
Bien, una vez el presentador ha abierto su puerta, te da la opción de cambiar:
¿Quiere usted cambiar de puerta?, te dice.
Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Mejora tu probabilidad si cambias de puerta?  

[Tómense su tiempo. Debemos pensar antes de dar la respuesta]
 

La mente lógica h
umana diría a bote pronto que no, que la probabilidad ahora es 1 entre 2, así que tienes las mismas probabilidades de acertar que de perder. Tanto si cambias como si no, tienes un 50% de probabilidades de ganar.

¿Es eso lo que pensastéis?

Si no es así, bravo. Merecen el diploma de honor y son ustedes personas con una lógica y una deducción aplastante. Pero si es así, no se preocupen. Es lo normal. De hecho este problema tuvo enfrentados a grandes matemáticos e intelectuales durante bastante tiempo. Pero debo decirles que si creían que era un 50%, no están en lo cierto. 
 

La probabilidad de éxito si cambiamos de puerta es de un 66% (2 probabilidades entre 3) que si no cambiamos que es un 33% (1 probabilidad entre 3). Pero claro, esto es porque no entendemos que es una probabilidad condicionada, es decir, que lo que escogimos al principio y el hecho de que el presentador siempre abra una puerta, nos afecta en la probabilidad. ¿Os cuesta de creer? Pues esta foto os lo dejará bastante claro:

En el primer caso siempre elegimos la puerta 1, sin cambiar. Sólo ganaremos cuando desde el principio hayamos acertado y esto será 1 vez de cada 3. En el segundo caso, sí variamos nuestra respuesta. Empezamos siempre escogiendo la puerta número 1. La puerta subrallada es la que abre el presentador. La puerta en negrita es la que escogemos al final, con el cambio. En ese caso ganamos 2 veces de cada 3.


Otra aclaración por si acaso:

Otra explicación del problema. Haced click para ver más grande.

Así que ya veis, contra todo pronóstico – o toda lógica – aumentamos nuestras probabilidades de ganar si cambiamos de puerta cuando el presentador nos da la opción. La probabilidad condicional es difícil de comprender como lo fue en su día la simbiogénesis que propuso Lynn Margulis.

Pues bien, estos son los dos ejemplos para ciencia que cuesta de creer que he querido enseñaros. ¿Cuáles son los vuestros?

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